Es domingo, son las 1 de la tarde y espero en una terminal helada durante dos horas el ómnibus que me va a llevar de vuelta a Ningbo, para buscar las valijas e irme maniana a Shangai a tomarme el avión.
Hace un mes que llegué, pero nunca parece un mes. A veces parece que hiciera una semana y a veces 4 meses. Estos últimos días terminaron de agotar definitivamente las pocas pilas que me venían quedando, trabajando más de 12 horas por día metida en depósitos gélidos para parar embarques abominables. Increíblemente los quilombos habituales se potenciaron notablemente esta ultima semana.
Por suerte, ahora al llegar a Ningbo mi única tarea será ir a comprar la tercer valija descomunal, en la cual meter el delirio de muestras que me tengo que traer. Sería bueno que también me comprara un brazo ortopédico para poder arrastrarla.
Ya me vuelvo, y voy a extrañar los hoteles y el desayuno pantagruélico.
Y me voy a quedar con ganas de parques, mercados y templos budistas.
Y voy disfrutar plenamente poder desenvolverme sola por la vida… no tener que pedir asistencia externa para comprar un yogurt o tomarme un taxi.
Y mis oídos sentiran el alivio de no escuchar el continuo eructo- gargajeo chino.
Y las instalaciones del club me aguardan ansiosas, para dejar en ellas la silueta de freezer vertical y el surmenage latente que me traigo de china.
Hasta el próximo capítulo. Me gusta contarles mis descubrimientos por estos lugares donde me toca estar, y me gusta que les guste.
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mArgariTa
Marga, recién descubro el blog, vía facebook: impresionante viaje y buenísimos los posts, super descriptivos. ¡Me encantó! ¡Beso grande!
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