Y el sábado de mañana nos despertamos con una lluvia pareja y cerrada con la cual emprendimos nuestro retorno a la civilización. Otra vez la sucesión de caminos de balasto y cruce del lago para llegar tras 7 horas de viaje (once again) a Puerto Montt.
Domingo de mañana y otra lluvia cerrada, que nos invitó a internarnos en el choping a comprar chucherías en Casa&Ideas y mirar, esta vez colgadas en prolijas perchas, los ambos que en otras oportunidades vi en el piso de un taller infecto en China. Esta vez en Ripley, Paris, Corona, Hites y otras tiendas similares. El mundo es redondito.
Y después, los aviones y la llegada a casa en la madrugada humeda y calurosa del lunes, para volver a la sucia rutina.
miércoles, 1 de febrero de 2012
RIO PUELO, LLANADA GRANDE Y LA CASITA DE HEIDI
Uff, ahora si me quedan cortas las descripciones. Si Hornopirén era un pueblo perdido en la geografía chilena, los lugares a donde nos tocaron llegar después son casi inexistentes.
De Hornopirén transitando en un ómnibus cascacho por los mismos caminos imposibles de siempre llegamos a Caleta Puelche, donde nos dejaron en un cruce de caminos a ver si conseguíamos algún alma errante que nos pudiera dejar en Rio Puelo. Increíblemente a los 15 minutos paso el único bus (mas cascacho que el primero) que une estas dos localidades, y tras dos horas de camino cruzamos los 30 kms hasta Rio Puelo, un salpicón de casas separadas donde no vimos un solo ser viviente. Llegamos a las 12.20 y 12.30 pasó un ómnibus destino a Llanada Grande… nos lo tomamos.
Media hora más de traqueteo hasta el Lago Tagua Tagua, una hora de cruce en lanchón por el lago turquesa rodeado de montañas verdes con picos nevados y cataratas, dos horas más por el mismo camino imposible y llegamos a Llanada Grande, una zona de quintas llenas de cerezos, dos almacenes y dos casas que dan alojamiento.
Nos quedamos en una de ellas, desde donde ahora estoy escribiendo este reporte, comiendo pan casero con mermelada (también casera) de rosa mosqueta, y con un chancho a dos pasos que se rasca el lomo en el banco donde estoy sentada.
Titina (una mina de edad indescifrable que tras revelarnos su durísima historia de violencia domestica le asignamos 40 años aprox. mas que bien llevados) nos recibió en su cabaña de madera sacada de cualquier cuadro bucólico.
Jardín lleno de gladiolos con gatos, perros, pollos y chanchos que circulan y coexisten en perfecta armonía, invernadero donde cultivan sus lechugas y pepinos, colmenas, cocina a leña que sirve de estufa, cocina, secadero de ropa y calefón. Pan , mate, mermelada de rosa mosqueta, moras y sauco… todo casero.
Caminando más de una hora entre subidas, bajadas, cruzando casas y campos varios con mas corderitos, patos, ruecas y telares llegamos a unas cascadas, de mas de 50 metros de altura. Otra vez imposible describirlo con palabras.
Al otro día nos alcanzaron en camioneta hasta Primer Corral, 20 kilómetros más arriba. Donde solo hay un puente colgante, un rio color turquesa con peces de más de medio metro que se ven desde el puente y ni una sola casa y mucho menos, una persona. Caminamos un par de horitas al costado del rio, almorzamos pan casero y queso de campo con pate y Juan Pablo se bañó en un pozón de agua turquesa y gélida en el que yo apenas pude meterme hasta las rodillas.
Debajo de unos árboles, 5 guasos (gauchos) con sus caballos y perros carneaban una vaca, mientras los “vecinos” (el mas cercano a 20 km) se acercaban a caballo o en camioneta y se llevaban los cuartos de res. De hecho, en la camioneta de Titina cargamos la cabeza y un cuarto trasero.
Podría quedarme a vivir acá, y lo digo sin miedo, con plena conciencia del peligro de terminar de convertirme en el ser mutante y misántropo en el que hace tiempo estoy deviniendo.
De Hornopirén transitando en un ómnibus cascacho por los mismos caminos imposibles de siempre llegamos a Caleta Puelche, donde nos dejaron en un cruce de caminos a ver si conseguíamos algún alma errante que nos pudiera dejar en Rio Puelo. Increíblemente a los 15 minutos paso el único bus (mas cascacho que el primero) que une estas dos localidades, y tras dos horas de camino cruzamos los 30 kms hasta Rio Puelo, un salpicón de casas separadas donde no vimos un solo ser viviente. Llegamos a las 12.20 y 12.30 pasó un ómnibus destino a Llanada Grande… nos lo tomamos.
Media hora más de traqueteo hasta el Lago Tagua Tagua, una hora de cruce en lanchón por el lago turquesa rodeado de montañas verdes con picos nevados y cataratas, dos horas más por el mismo camino imposible y llegamos a Llanada Grande, una zona de quintas llenas de cerezos, dos almacenes y dos casas que dan alojamiento.
Nos quedamos en una de ellas, desde donde ahora estoy escribiendo este reporte, comiendo pan casero con mermelada (también casera) de rosa mosqueta, y con un chancho a dos pasos que se rasca el lomo en el banco donde estoy sentada.
Titina (una mina de edad indescifrable que tras revelarnos su durísima historia de violencia domestica le asignamos 40 años aprox. mas que bien llevados) nos recibió en su cabaña de madera sacada de cualquier cuadro bucólico.
Jardín lleno de gladiolos con gatos, perros, pollos y chanchos que circulan y coexisten en perfecta armonía, invernadero donde cultivan sus lechugas y pepinos, colmenas, cocina a leña que sirve de estufa, cocina, secadero de ropa y calefón. Pan , mate, mermelada de rosa mosqueta, moras y sauco… todo casero.
Caminando más de una hora entre subidas, bajadas, cruzando casas y campos varios con mas corderitos, patos, ruecas y telares llegamos a unas cascadas, de mas de 50 metros de altura. Otra vez imposible describirlo con palabras.
Al otro día nos alcanzaron en camioneta hasta Primer Corral, 20 kilómetros más arriba. Donde solo hay un puente colgante, un rio color turquesa con peces de más de medio metro que se ven desde el puente y ni una sola casa y mucho menos, una persona. Caminamos un par de horitas al costado del rio, almorzamos pan casero y queso de campo con pate y Juan Pablo se bañó en un pozón de agua turquesa y gélida en el que yo apenas pude meterme hasta las rodillas.
Debajo de unos árboles, 5 guasos (gauchos) con sus caballos y perros carneaban una vaca, mientras los “vecinos” (el mas cercano a 20 km) se acercaban a caballo o en camioneta y se llevaban los cuartos de res. De hecho, en la camioneta de Titina cargamos la cabeza y un cuarto trasero.
Podría quedarme a vivir acá, y lo digo sin miedo, con plena conciencia del peligro de terminar de convertirme en el ser mutante y misántropo en el que hace tiempo estoy deviniendo.
HORNOPIRÉN ( o El Salto del Penitente es una falta de respeto)
Nuevamente mapa en mano y corroborando horarios de ómnibus partimos rumbo a Hornopirén, un pueblo perdido a 5 horas de Puerto Montt por un camino infame de tierra y balasto, interrumpido por un cruce de media hora en una balsa, por un golfo rodeado de montañas.
Llegamos a las 5 de la tarde, y recorriendo los pocos alojamientos disponible en la vuelta a precios astronómicos, anclamos finalmente en “El Botecito”, un lugar cálido y placentero lleno de niños moquientos, con dos baños compartidos en los cuales alternativamente no funcionaba la cisterna en uno y en el otro se tapaba la pileta, (obvio, en ninguno de los dos salía agua caliente).
En fin, en uno similar me tocó quedarme hace unos cuantos años en Roma, pero obvio, en Roma todo eso cobra más glamour.
Y Hornopirén es una gran bahía de agua azul rodeada de montañas y volcanes, dedicada mayoritariamente a la cria de salmon, con una plaza que concentra los atractivos del pueblo: el supermercado, la agencia que vende pasajes de ómnibus, la iglesia, la oficina de la municipalidad y un mercado con 2 locales para comer, donde nos atragantamos con el mejor salmón a la plancha en lo que va del viaje.
Haciendo dedo llegamos a las termas de Pichicolo, un lugar increíble en medio de un bosque cerrado con piletas naturales llanitas de piso de piedras y paredes de tablones de madera, donde a temperaturas entre 38° y 42° cociné al pobre Antónimo como un huevo duro.
Caminando algunos kilómetros por caminos de tierra y otro poco a dedo (parados en un camión chata con acoplado… y después el médico no me deja andar en bici!!) llegamos a una casa de campo estilo Heidi, con corderitos, chanchitos mínimos, pollos, vacas echadas alrededor de la casa estilo perro… caminando un poco para adentro nos metimos en un monte cerrado increíble, lleno de arrayanes, alerces, ulmos… y de pronto unas cascadas impresionantes!!
Otro poco más de dedo, otra buena caminata infernal por caminos de tierra, una bajada por un terraplén agarrados con cuerdas (me ve el doctor Castro y me denuncia por intento de aborto) y otra vez cascadas… esta vez mas grandes y mas impresionantes, agua turquesa, una vegetación tropical… realmente cuesta describirlas, asi que subiré fotos!
Y así pasamos estos días en Hornopirén, donde pensé que había visto lo mas lindo del viaje hasta ahora… pero me equivoqué porque todavía no había llegado a Llanada Grande.
Llegamos a las 5 de la tarde, y recorriendo los pocos alojamientos disponible en la vuelta a precios astronómicos, anclamos finalmente en “El Botecito”, un lugar cálido y placentero lleno de niños moquientos, con dos baños compartidos en los cuales alternativamente no funcionaba la cisterna en uno y en el otro se tapaba la pileta, (obvio, en ninguno de los dos salía agua caliente).
En fin, en uno similar me tocó quedarme hace unos cuantos años en Roma, pero obvio, en Roma todo eso cobra más glamour.
Y Hornopirén es una gran bahía de agua azul rodeada de montañas y volcanes, dedicada mayoritariamente a la cria de salmon, con una plaza que concentra los atractivos del pueblo: el supermercado, la agencia que vende pasajes de ómnibus, la iglesia, la oficina de la municipalidad y un mercado con 2 locales para comer, donde nos atragantamos con el mejor salmón a la plancha en lo que va del viaje.
Haciendo dedo llegamos a las termas de Pichicolo, un lugar increíble en medio de un bosque cerrado con piletas naturales llanitas de piso de piedras y paredes de tablones de madera, donde a temperaturas entre 38° y 42° cociné al pobre Antónimo como un huevo duro.
Caminando algunos kilómetros por caminos de tierra y otro poco a dedo (parados en un camión chata con acoplado… y después el médico no me deja andar en bici!!) llegamos a una casa de campo estilo Heidi, con corderitos, chanchitos mínimos, pollos, vacas echadas alrededor de la casa estilo perro… caminando un poco para adentro nos metimos en un monte cerrado increíble, lleno de arrayanes, alerces, ulmos… y de pronto unas cascadas impresionantes!!
Otro poco más de dedo, otra buena caminata infernal por caminos de tierra, una bajada por un terraplén agarrados con cuerdas (me ve el doctor Castro y me denuncia por intento de aborto) y otra vez cascadas… esta vez mas grandes y mas impresionantes, agua turquesa, una vegetación tropical… realmente cuesta describirlas, asi que subiré fotos!
Y así pasamos estos días en Hornopirén, donde pensé que había visto lo mas lindo del viaje hasta ahora… pero me equivoqué porque todavía no había llegado a Llanada Grande.
VIAJANDO CON ANTONIMO
Hay que reconocerlo: este niño ya de 5 meses y medio de vida intrauternina se viene comportando de lo más bien. Solo chilla después de caminatas muy largas o cuando tengo que cerrarme la campera de nieve talle XS, que a esta altura casi oficia de corset y me quedan los cierres tatuados en la panza. Por suerte el viento frio se hizo sentir solo en la cubierta del barco, donde en realidad no permanecíamos mucho tiempo.
Ha aguantado siestas en butacas de aeropuerto y aviones enroscado como un ovillo, posturas dignas de contorsionista chino en las duchas y literas del crucero, ha cargado mochilas en algunos tramos cortos, bolsas de supermercado, participado de las clases de yoga, subido y bajado cientos de escaleras, subido pendientes absurdas, soportado dignamente unas cuantas horas de bamboleo a bordo y por caminos de piedras y pozos en buses cuasi bolivianos, caminado horas y horas en los parques… de hecho la mayor parte del tiempo me olvido que pertenezco a esa categoría en la que entran los discapacitados y las personas de tercera edad con acceso vip a ascensores, asientos y exoneración de las consagradas colas.
Lo único que me recuerda mi “estado especial” son las visitas cada media hora al baño (con lo fácil que es encontrar un baño digno cuando se está de viaje!) y la incapacidad de tomarme una cerveza cuando se me canta, y menos un pisco… o comer salmón ahumado o bondiola.
Lo único que me preocupa un poco es que la gente no se percata del todo que estoy embarazada, y nos ofrecen cabalgatas, trekkings de 10 dias, rafting… deben creer que estas proporciones cuasi esféricas se deben únicamente a la ingesta desproporcionada de calorías (que por cierto viene increscendo dia a dia a ritmo acelerado!)
Ha aguantado siestas en butacas de aeropuerto y aviones enroscado como un ovillo, posturas dignas de contorsionista chino en las duchas y literas del crucero, ha cargado mochilas en algunos tramos cortos, bolsas de supermercado, participado de las clases de yoga, subido y bajado cientos de escaleras, subido pendientes absurdas, soportado dignamente unas cuantas horas de bamboleo a bordo y por caminos de piedras y pozos en buses cuasi bolivianos, caminado horas y horas en los parques… de hecho la mayor parte del tiempo me olvido que pertenezco a esa categoría en la que entran los discapacitados y las personas de tercera edad con acceso vip a ascensores, asientos y exoneración de las consagradas colas.
Lo único que me recuerda mi “estado especial” son las visitas cada media hora al baño (con lo fácil que es encontrar un baño digno cuando se está de viaje!) y la incapacidad de tomarme una cerveza cuando se me canta, y menos un pisco… o comer salmón ahumado o bondiola.
Lo único que me preocupa un poco es que la gente no se percata del todo que estoy embarazada, y nos ofrecen cabalgatas, trekkings de 10 dias, rafting… deben creer que estas proporciones cuasi esféricas se deben únicamente a la ingesta desproporcionada de calorías (que por cierto viene increscendo dia a dia a ritmo acelerado!)
CHILOE
Llegamos a Puerto Montt sobre las 8 de la mañana, y destinamos la mañana a decidir para donde seguíamos. Vale la pena aclarar que Puerto Montt es una ciudad tan pero tan pedorra como la canción homónima producto del talento creativo de los Iracundos, donde no vale la pena quedarse ni 15 minutos.
Hicimos las averiguaciones pertinentes entre las distintas compañías de ómnibus y los cruces de catamaranes, dado que por estas zonas las frecuencias no tienen nada de frecuentes, y optamos finalmente por salir hacia Castro, capital de Chiloé, previa lavada de ropa, cambio de dólares y almuerzo gasolero. Pues si, arrancó la etapa de viaje de bajo presupuesto, durmiendo en hostales pedorros, comiendo sandwiches en el cordón de la vereda y horas de caminata.
Así es que llegamos a Castro a las 6 de la tarde y en cuanto bajamos del bus nos metimos en el primer alojamiento que nos ofrecieron, que resultó ser una casa de familia a 3 cuadras de la plaza principal sobre una ladera, con un balcón con la mejor vista del puerto y sobre todo, baratísimo. Claro, al otro día nos percatamos que la diferencia de precio nos la cobraban a diario a la hora del desayuno con largos sermones y loas al creador, dado que eran todos bautistas acérrimos. En fin, sobrevivimos.
Y Chiloé es una isla preciosa, con lagos y cerros bajos bien verdes, pueblitos bien chiquitos y relativamente cerca unos de otros, de casas bajitas de madera pintadas de colores con jardines super cuidados y llenos de flores. Todas tienen una iglesia íntegramente de madera con cielorasos e interiores también en madera, pintadas de azul con estrellas. Lindas!!
Y todas tienen un puerto chiquito, con algún mercado con artesanías y comida típica (de la cual, demás está decir, probé casi todo)
En los dos días que estuvimos conocimos Castro, Chonchi, Dalcahue, Achao y un parque natural super lindo, lleno de coliguachos (como una versión chilena del mangangá pero mucho más molesta y en dosis infernales).
En Dalcahue fuimos a un mercado de domingo de artesanía tradicional, me traje cestos y recipientes de madera a precios vergonzonamente irrisorios, y hubiera sido capaz de traerme una alfombra también.
Y mi cumpleaños feliz transcurrió abandonando Castro a las 6.30 de la mañana, a los pedos, dado que nos quedamos dormidos y el pastor evangelista nos tuvo que arrimar en la camioneta para no perder el bus que nos llevaría de vuelta a puerto Montt, otra vez dispuestos a permanecer el menor tiempo posible allí y decidir hacia donde salíamos.
Hicimos las averiguaciones pertinentes entre las distintas compañías de ómnibus y los cruces de catamaranes, dado que por estas zonas las frecuencias no tienen nada de frecuentes, y optamos finalmente por salir hacia Castro, capital de Chiloé, previa lavada de ropa, cambio de dólares y almuerzo gasolero. Pues si, arrancó la etapa de viaje de bajo presupuesto, durmiendo en hostales pedorros, comiendo sandwiches en el cordón de la vereda y horas de caminata.
Así es que llegamos a Castro a las 6 de la tarde y en cuanto bajamos del bus nos metimos en el primer alojamiento que nos ofrecieron, que resultó ser una casa de familia a 3 cuadras de la plaza principal sobre una ladera, con un balcón con la mejor vista del puerto y sobre todo, baratísimo. Claro, al otro día nos percatamos que la diferencia de precio nos la cobraban a diario a la hora del desayuno con largos sermones y loas al creador, dado que eran todos bautistas acérrimos. En fin, sobrevivimos.
Y Chiloé es una isla preciosa, con lagos y cerros bajos bien verdes, pueblitos bien chiquitos y relativamente cerca unos de otros, de casas bajitas de madera pintadas de colores con jardines super cuidados y llenos de flores. Todas tienen una iglesia íntegramente de madera con cielorasos e interiores también en madera, pintadas de azul con estrellas. Lindas!!
Y todas tienen un puerto chiquito, con algún mercado con artesanías y comida típica (de la cual, demás está decir, probé casi todo)
En los dos días que estuvimos conocimos Castro, Chonchi, Dalcahue, Achao y un parque natural super lindo, lleno de coliguachos (como una versión chilena del mangangá pero mucho más molesta y en dosis infernales).
En Dalcahue fuimos a un mercado de domingo de artesanía tradicional, me traje cestos y recipientes de madera a precios vergonzonamente irrisorios, y hubiera sido capaz de traerme una alfombra también.
Y mi cumpleaños feliz transcurrió abandonando Castro a las 6.30 de la mañana, a los pedos, dado que nos quedamos dormidos y el pastor evangelista nos tuvo que arrimar en la camioneta para no perder el bus que nos llevaría de vuelta a puerto Montt, otra vez dispuestos a permanecer el menor tiempo posible allí y decidir hacia donde salíamos.
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