miércoles, 1 de febrero de 2012

CHILOE

Llegamos a Puerto Montt sobre las 8 de la mañana, y destinamos la mañana a decidir para donde seguíamos. Vale la pena aclarar que Puerto Montt es una ciudad tan pero tan pedorra como la canción homónima producto del talento creativo de los Iracundos, donde no vale la pena quedarse ni 15 minutos.
Hicimos las averiguaciones pertinentes entre las distintas compañías de ómnibus y los cruces de catamaranes, dado que por estas zonas las frecuencias no tienen nada de frecuentes, y optamos finalmente por salir hacia Castro, capital de Chiloé, previa lavada de ropa, cambio de dólares y almuerzo gasolero. Pues si, arrancó la etapa de viaje de bajo presupuesto, durmiendo en hostales pedorros, comiendo sandwiches en el cordón de la vereda y horas de caminata.
Así es que llegamos a Castro a las 6 de la tarde y en cuanto bajamos del bus nos metimos en el primer alojamiento que nos ofrecieron, que resultó ser una casa de familia a 3 cuadras de la plaza principal sobre una ladera, con un balcón con la mejor vista del puerto y sobre todo, baratísimo. Claro, al otro día nos percatamos que la diferencia de precio nos la cobraban a diario a la hora del desayuno con largos sermones y loas al creador, dado que eran todos bautistas acérrimos. En fin, sobrevivimos.
Y Chiloé es una isla preciosa, con lagos y cerros bajos bien verdes, pueblitos bien chiquitos y relativamente cerca unos de otros, de casas bajitas de madera pintadas de colores con jardines super cuidados y llenos de flores. Todas tienen una iglesia íntegramente de madera con cielorasos e interiores también en madera, pintadas de azul con estrellas. Lindas!!
Y todas tienen un puerto chiquito, con algún mercado con artesanías y comida típica (de la cual, demás está decir, probé casi todo)
En los dos días que estuvimos conocimos Castro, Chonchi, Dalcahue, Achao y un parque natural super lindo, lleno de coliguachos (como una versión chilena del mangangá pero mucho más molesta y en dosis infernales).
En Dalcahue fuimos a un mercado de domingo de artesanía tradicional, me traje cestos y recipientes de madera a precios vergonzonamente irrisorios, y hubiera sido capaz de traerme una alfombra también.
Y mi cumpleaños feliz transcurrió abandonando Castro a las 6.30 de la mañana, a los pedos, dado que nos quedamos dormidos y el pastor evangelista nos tuvo que arrimar en la camioneta para no perder el bus que nos llevaría de vuelta a puerto Montt, otra vez dispuestos a permanecer el menor tiempo posible allí y decidir hacia donde salíamos.

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