miércoles, 1 de febrero de 2012

RIO PUELO, LLANADA GRANDE Y LA CASITA DE HEIDI

Uff, ahora si me quedan cortas las descripciones. Si Hornopirén era un pueblo perdido en la geografía chilena, los lugares a donde nos tocaron llegar después son casi inexistentes.
De Hornopirén transitando en un ómnibus cascacho por los mismos caminos imposibles de siempre llegamos a Caleta Puelche, donde nos dejaron en un cruce de caminos a ver si conseguíamos algún alma errante que nos pudiera dejar en Rio Puelo. Increíblemente a los 15 minutos paso el único bus (mas cascacho que el primero) que une estas dos localidades, y tras dos horas de camino cruzamos los 30 kms hasta Rio Puelo, un salpicón de casas separadas donde no vimos un solo ser viviente. Llegamos a las 12.20 y 12.30 pasó un ómnibus destino a Llanada Grande… nos lo tomamos.
Media hora más de traqueteo hasta el Lago Tagua Tagua, una hora de cruce en lanchón por el lago turquesa rodeado de montañas verdes con picos nevados y cataratas, dos horas más por el mismo camino imposible y llegamos a Llanada Grande, una zona de quintas llenas de cerezos, dos almacenes y dos casas que dan alojamiento.
Nos quedamos en una de ellas, desde donde ahora estoy escribiendo este reporte, comiendo pan casero con mermelada (también casera) de rosa mosqueta, y con un chancho a dos pasos que se rasca el lomo en el banco donde estoy sentada.
Titina (una mina de edad indescifrable que tras revelarnos su durísima historia de violencia domestica le asignamos 40 años aprox. mas que bien llevados) nos recibió en su cabaña de madera sacada de cualquier cuadro bucólico.
Jardín lleno de gladiolos con gatos, perros, pollos y chanchos que circulan y coexisten en perfecta armonía, invernadero donde cultivan sus lechugas y pepinos, colmenas, cocina a leña que sirve de estufa, cocina, secadero de ropa y calefón. Pan , mate, mermelada de rosa mosqueta, moras y sauco… todo casero.
Caminando más de una hora entre subidas, bajadas, cruzando casas y campos varios con mas corderitos, patos, ruecas y telares llegamos a unas cascadas, de mas de 50 metros de altura. Otra vez imposible describirlo con palabras.
Al otro día nos alcanzaron en camioneta hasta Primer Corral, 20 kilómetros más arriba. Donde solo hay un puente colgante, un rio color turquesa con peces de más de medio metro que se ven desde el puente y ni una sola casa y mucho menos, una persona. Caminamos un par de horitas al costado del rio, almorzamos pan casero y queso de campo con pate y Juan Pablo se bañó en un pozón de agua turquesa y gélida en el que yo apenas pude meterme hasta las rodillas.
Debajo de unos árboles, 5 guasos (gauchos) con sus caballos y perros carneaban una vaca, mientras los “vecinos” (el mas cercano a 20 km) se acercaban a caballo o en camioneta y se llevaban los cuartos de res. De hecho, en la camioneta de Titina cargamos la cabeza y un cuarto trasero.
Podría quedarme a vivir acá, y lo digo sin miedo, con plena conciencia del peligro de terminar de convertirme en el ser mutante y misántropo en el que hace tiempo estoy deviniendo.

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