jueves, 23 de junio de 2011

La vuelta

Trasladarse con 2 valijas gigantes, carry on más que pasado de peso y mochila portando 2 netbooks, cámara réflex e e-book desde un hotel en Shanghai hasta mi casa en Parque Rodó no es tarea fácil.

En la hora de viaje en taxi hasta el aeropuerto constaté que me había dejado el celular de la empresa en el cuarto del hotel. Por suerte milagrosamente tenía otro en el fondo de una de las valijas, que a pesar de que no estaba en uso igual estaba cargado y con crédito y que me permitió comunicarme a las 6 de la mañana con la china asistente que llamó al hotel e hizo las gestiones para que se lo enviaran.

Después pasé por el triste episodio donde me confiscaron mi salsa de ostras y otra salsa agridulce y picante (seguramente por su aspecto potencialmente letal), mis adquisiciones más preciadas junto con un chancho alcancía de plástico dorado. Y tristemente me dispuse a desayunar, aprovechando que el vuelo salía con una hora de retraso.

Caminé el aeropuerto 3 veces hasta encontrar algún bar que vendiera de desayuno algo que no fuera sopa de noodles con grasa de cerdo, y cuando lo encontré tuve que salir galopando a buscar la puerta de embarque con el sándwich a cuestas para terminarlo de comer en la cola del check in.

12 horas demoledoras de viaje, para llegar a Londres, donde para ser sincera las 8 horas de espera se me pasaron relativamente rápido, ya que pasé más de 4 durmiendo en un  sillón y unas cuantas haciendo cola para el control del equipaje de mano.

 Y cuando me dispuse a llegar a la puerta de embarque donde calcule que 20 minutos serían suficientes, me desesperé al empezar a subir ascensores, escaleras mecánicas, tomar un tren, 2 pisos más de escaleras y un buen rato caminando llegando solo 5 minutos antes que cerrara la puerta de embarque.

Otro eterno viaje de 12 horas, donde solo dormí las 4 primeras y en las restantes agote las baterías del ebook para llegar a San Pablo, donde espero ahora 3 horas más para abordar el Pluna que me dejará finalmente otra vez en casa!


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mArgariTa

Conquistas

Sin duda el logro más importante en relación a la visita anterior ha sido la ganancia de autonomía, pudiéndome liberar en varias situaciones de la eterna sombra de la china asistente.

 En Ningbo la cantidad de taxis es inversamente proporcional a la cantidad de gente, y ya sea por el calor, o por el frio, o por la lluvia, o porque es hora pico, la tarea de tomarse un taxi  mostrando las tarjetita del hotel a veces se convierte en una odisea imposible.

Por eso, el hecho de poder estar tiempos más largos en cada ciudad, me permitió hacer unas cuantas exploraciones por mi cuenta (en muchas de las cuales terminé perdida y apelando una vez a mas al celular) pero pudiendo finalmente encontrar las rutas que me llevaban tras un buen rato de caminata de vuelta al hotel.

También aprendí a tomarme algunos ómnibus para trayectos sencillos, y encontré una página en internet donde poder consultar los horarios de trenes.

O sea que munida de un papelito con la ciudad de origen y destino, nro y horario de tren y fecha de viaje, casi siempre (porque siempre hay algún chino que no entiende ni siquiera esta escueta información) logré comprar los pasajes y llegar a destino.

Y en las compras también pude desenvolverme relativamente bien, con calculadora en mano y un despliegue escénico digno de Marcel Marceaux logré comprar desde zapatos hasta un ebook o un lente nuevo para la cámara, con su consecuente regateo por supesto.

Solamente para comprar salsa de ostras en el súper tuve que apelar a la colaboración de una señora muy amable, que dejó su carrito y accedió ponerse al teléfono con la china bilingüe, y entre las 3 y después de un buen rato  logre comprar mi ansiada botellita (que luego me sacaron en la aduana porque sin darme cuenta la dejé en el carry on de mano, constityendose en uno de los episodios mas tristes del viaje)


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mArgariTa

Zapping

Terminé de ver Lost, y estoy guardando las últimas hojas del libro que me traje para el viaje de vuelta… así que tuve que apelar al último recurso para  antes de irme a dormir: prender la tele.

Y nuevamente comprobé que a pesar del estricto control oficial sobre los medios, lamentablemente la peor escoria siempre logra colarse por las rendijas.

La bazofia televisiva es completita e incluye todo el combo: desde programas de talentos de toda índole (donde los infantiles ocupan lugar preferencial) a telenovelas coreanas  (la versión asiática de las argentinas dado que los coreanos están considerados como  "los lindos" de la zona) pasando por una adaptación local e igual de lacrimógena del memorable "Gente que busca gente" donde los chinos lloran, se abrazan y los conductores alimentan el morbo de la infinita platea.

También se ven a toda hora, muchas (muuuuchas) series que recrean la revolución maoísta, con superproducciones de medio pelo que siempre incluyen chinos en tomas exteriores muy mal iluminadas con los uniformes impecables y la cara llena de barro en actuaciones muy poco creíbles.

Ni siquiera falta el "Llame ya" con la misma estética que en el imperio del mal…. Gordos cuasi luchadores de sumo que tras el aparato de abdominales quedan convertidos en musculosos Adonis… y hasta adquieren rasgos occidentales!!

Y una perlita interesante son las películas dobladas, donde se puede ver a Gwyneth Paltrow y Sean Penn teniendo un interesante diálogo en chino…

Quizás todo se explique acotando que todos los canales son oficiales (CCTV) y se diferencian por el número… CCTV1, CCTV5 etc. Se imaginan en Uruguay 10 versiones de canal 5?


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mArgariTa

sábado, 11 de junio de 2011

EL MADE IN CHINA

China, produce, vende, se enriquece y crece a un ritmo demencial. Y esto trae muchos costos en varios sentidos, entre ellos una inflación galopante, que hace que por el propio crecimiento ya no sea tan conveniente el "made in china" como hace algunos años y que me obliga a adentrarme cada vez más en la China profunda.

La fábricas intentan mantener sus precios a costa de  tercerizar la producción a múltiples talleres minúsculos dispersos en los lugares más recónditos, y a mí me toca visitar uno de ellos cada día.


El viaje (siempre con embotellamiento de tránsito de por medio) nunca lleva menos de dos horas, los talleres siempre están en las afueras de alguna ciudad satélite de la ciudad principal (Ningbo, Wenzhou o Iwu en esta oportunidad) lo que implica siempre varios quilómetros por zonas rurales, tapizadas absolutamente por cultivos de toda índole (arroz y te predominantemente… pero también durazneros, ciruelos, maíz, papas, etc.)

 

Los pueblos rurales siguen la misma estructura que las urbes enormes, pero reducidas a 4 manzanas. Edificios de 5 pisos,  con los frentes llenos de rejas con ropa colgada, tan sucia como las propias rejas, y en la planta baja locales comerciales sucios y destartalados con una especialización increíble… tiendas que solamente venden encendedores, o tazas de te, o ventiladores, pero siempre una sola cosa.

Hoy para volver a mi hotel de Wenzhou, caminamos bajo los 32 grados que derretían las piedras desde la fabrica hasta la parada del bus, para tomar algo así como una combi que nos dejo en Pinyang, donde nos tomamos un taxi-bici que nos dejo en otra terminal de bus, donde después de una hora llegamos a Wenzhou, para tomarnos un taxi que me termino dejando en el hotel.


Hace 15 días visite otra del estilo en las afueras de Ruian (pueblo en las afueras de Wenzhou). En frente a la fabrica, corría un cañadón infesto con montañas de basura y ratas del tamaño de un perro pequines, cubierto por una especie de alga verde diminuta que una señora juntaba en un balde, según me confirmaron, para comer.

Los mosquitos parecían portaaviones, y en la esquina estaba el infaltable puesto de pescado seco, que hacia que las inmediaciones de Fripur olieran a rosas.


Los talleres tienen siempre el mismo esquema, algo así como una entrada de garaje donde la parte abajo funciona de depósito y un piso arriba donde está la línea de costura: 10 maquinas de coser, una plancha de mano y poco más.  Los ambos que luego se lucen en tiendas de mediano renombre ofician de alfombra, porque literalmente no hay lugar donde tenerlos colgados. Los chinos que trabajan acá hacinados, es gente que aprende a coser cosiendo, gente del lugar que tiene tanta idea de sastrería como yo de ingeniería nuclear.


Y por supuesto en estas condiciones es difícil que las cosas salgan bien… y allá estoy yo, intentando detectar a tiempo la irremediable avalancha de cagadas para frenarlas a tiempo y en un ataque de stress permanente...


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mArgariTa

jueves, 2 de junio de 2011

El tufo del tofu

Hoy amaneció nublado, y la vueltita diaria por el centro terminó abruptamente a causa de la molesta lluviecita que se descargó, y que promete durar un par de días.
Así que en el camino de vuelta al hotel (y después de comprarme mi cuarto par de zapatos) pasé por una panadería muy europea, donde me compré las galletitas de chocolate más ricas que haya probado y que ahora estoy degustando con un café con leche, mientras miro por la ventana la lluvia finita que sigue cayendo.
Pero todo este preámbulo no es más que una composición de lugar, y ahora si empiezo con el tópico que da título a este post.
China es una sobretitulación a los sentidos, y no se salva ninguno.
Los olores (al igual que en el Chuy) son tan característicos como indescriptibles. Con el que todos estamos más familiarizados sin duda es el olor a plástico chino, ese que cuando entras a Grandes Tiendas Montevideo te tumba. En las zapaterías es donde se potencia, siendo definitivamente irrespirable, a pesar de que las vendedoras se esfuerzan en un precario inglés a convencerte de que los zapatos son "genuine leather". No las culpo. Seguramente en su vida vieron una vaca y no saben que el genuine leather es de origen animal.
La alcantarilla china - como ya lo dijo mi amigo Roybal - es realmente inigualable, no hay con que asemejarla. Y estos días de calor en aumento, están en su esplendor. Al dar vuelta una esquina sale del centro de la tierra un vapor caliente que te envuelve, y si te agarra desprevenido te acuesta. Algo así como el humo negro de Lost.
Dentro de la misma categoría entra el baño chino, que marca su presencia a varios kilómetros a la redonda, en un tren, un parque o una estación de bus. Nunca jamás entre a ninguno y trato de tomar siempre todas las precauciones para no tener que hacerlo nunca.
Los carritos de fritangas múltiples que asolan las calles exhiben una variedad increíble de cosas, las cuales ninguna resulta en absoluto tentadora, y sus olores menos.
Lo peor de todo es el tufo del tofu frito, me hace acordar los carritos de chinchulines hervidos de Cochabamba, al pasar al lado del alguno irremediablemente no puedo contener las arcadas. Y sin embargo la gente hace cola para llevarse su pinchito de tofu.
Capítulo aparte merecen las mesas de pescados y mariscos secos … algo así como entrar al Disco en semana de turismo, pero potenciado por 100.
Y los supermercados, son irremediablemente el templo de los olores. Acá se mezcla el olor del plástico, con el pescado seco, el tufo del tofu y se le suma el del durián, una fruta típica algo mas grande que un melón pero con pinchos en la cáscara, que literalmente tiene olor a pata sucia y acá es por supuesto un manjar carísimo. Hace tiempo vi en National Geographic un documental del este de Asia, donde decía que en algunos lugares se había prohibido llevarlo en transportes públicos y venderlo en lugares cerrados. Lamentablemente la normativa aun no llego a estas tierras.
Y contra lo esperado, al menos los seres humanos no huelen tan mal como se esperaría.
China, un mundo de olores y sabores… los colores lo dejamos para otro capítulo.

Mis días en China

Llegué a Ningbo a encontrarme con Antonieta, una compañera que estaba terminando su mes y medio acá y con la cual compartí mis primeros y sus últimos 10 días… con todas las delicias y los tormentos de la convivencia, acentuado por el régimen 24/7.
Anto se volvió hace unos días, y yo me quedé en Wenzhou, (con todas las delicias y los tormentos de la soledad) donde me armé una pequeña rutina que me permite sobrevivir a esta incomprensible China.
Me levanto a las 7.30hs con un suculento desayuno que siempre incluye yogur, cereales, frutas, huevos revueltos, ensalada y algún pan al vapor chinesco, el cual me permite tirar casi todo el día pudiendo esquivar los almuerzos de gelatinosos caracoles y tofu hediondo a los que me invita sistemáticamente el proveedor de turno (aunque claro, de vez en cuando alguno me ligo)
A eso de las 9 salimos para la fábrica, con un viaje de nunca menos de 2 horas para llegar al cuchitril de turno. Pero como prometí, esto amerita un post aparte.
Por suerte esta temporada hay muchas fábricas pero pocas ordenes en cada una y están tan lejos una de otra que no se puede visitar dos fábricas en un día, por eso estoy de vuelta en el hotel entre las 3 y 4 de la tarde, donde llego a pasar los informes y reportes de lo visto, mientras pasa la hora más brava de calor.
A eso de las 5 o 6 salgo a caminar, a buscar algo para el almuerzo-cena siempre alternando entre -Mc Donalds y Pizza Hut, y siempre abocada a la difícil tarea de encontrar algún otro menú sustituto que no contenga cartílagos de ninguna índole. Y paseo por el parque, por mercados sucios o pichincheo baratijas de plástico (definitivamente lo que mejor sabe hacer China)
Vuelvo al hotel dulce hotel para sentarme en la computadora y hablar con la oficna de los quilombos acaecidos en el día y los que están por venir, mientras esucho musiqueta y me tomo una Tsingtao, cervecita china livianita, pero lo mejorcito de por acá.
Leo un rato, miro alguna peli… y palmo, para arrancar otro día en China.