Hoy amaneció nublado, y la vueltita diaria por el centro terminó abruptamente a causa de la molesta lluviecita que se descargó, y que promete durar un par de días.
Así que en el camino de vuelta al hotel (y después de comprarme mi cuarto par de zapatos) pasé por una panadería muy europea, donde me compré las galletitas de chocolate más ricas que haya probado y que ahora estoy degustando con un café con leche, mientras miro por la ventana la lluvia finita que sigue cayendo.
Pero todo este preámbulo no es más que una composición de lugar, y ahora si empiezo con el tópico que da título a este post.
China es una sobretitulación a los sentidos, y no se salva ninguno.
Los olores (al igual que en el Chuy) son tan característicos como indescriptibles. Con el que todos estamos más familiarizados sin duda es el olor a plástico chino, ese que cuando entras a Grandes Tiendas Montevideo te tumba. En las zapaterías es donde se potencia, siendo definitivamente irrespirable, a pesar de que las vendedoras se esfuerzan en un precario inglés a convencerte de que los zapatos son "genuine leather". No las culpo. Seguramente en su vida vieron una vaca y no saben que el genuine leather es de origen animal.
La alcantarilla china - como ya lo dijo mi amigo Roybal - es realmente inigualable, no hay con que asemejarla. Y estos días de calor en aumento, están en su esplendor. Al dar vuelta una esquina sale del centro de la tierra un vapor caliente que te envuelve, y si te agarra desprevenido te acuesta. Algo así como el humo negro de Lost.
Dentro de la misma categoría entra el baño chino, que marca su presencia a varios kilómetros a la redonda, en un tren, un parque o una estación de bus. Nunca jamás entre a ninguno y trato de tomar siempre todas las precauciones para no tener que hacerlo nunca.
Los carritos de fritangas múltiples que asolan las calles exhiben una variedad increíble de cosas, las cuales ninguna resulta en absoluto tentadora, y sus olores menos.
Lo peor de todo es el tufo del tofu frito, me hace acordar los carritos de chinchulines hervidos de Cochabamba, al pasar al lado del alguno irremediablemente no puedo contener las arcadas. Y sin embargo la gente hace cola para llevarse su pinchito de tofu.
Capítulo aparte merecen las mesas de pescados y mariscos secos … algo así como entrar al Disco en semana de turismo, pero potenciado por 100.
Y los supermercados, son irremediablemente el templo de los olores. Acá se mezcla el olor del plástico, con el pescado seco, el tufo del tofu y se le suma el del durián, una fruta típica algo mas grande que un melón pero con pinchos en la cáscara, que literalmente tiene olor a pata sucia y acá es por supuesto un manjar carísimo. Hace tiempo vi en National Geographic un documental del este de Asia, donde decía que en algunos lugares se había prohibido llevarlo en transportes públicos y venderlo en lugares cerrados. Lamentablemente la normativa aun no llego a estas tierras.
Y contra lo esperado, al menos los seres humanos no huelen tan mal como se esperaría.
China, un mundo de olores y sabores… los colores lo dejamos para otro capítulo.
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A veces sueño con esas alcantarillas. La cloaca de medio mundo no puede emanar olores sutiles, asi como no lo puede hacer el "Grandes Tiendas" del mundo que ofrece el mareo de PVC que atraviesa calor y frio y que a veces ni el bajo precio (no de la necesidad) logra que sea aguantable.
ResponderEliminarIgualmente amiga, mi incapacidad para retener olores (entre otras incapacidades) hace que hasta extrañe esos detalles que hacen de ella la China una experiencia memorable, la quiero y extraño de lejos y quiero huir de ella cuando estoy ahi.
Eso si, los baños son capitulo aparte, la naftalina, urea, meo, amoniaco, mas meo y perfumol con olor a mas meo. Ahi no transo,los baños son un sufrimiento aparte!