Sin duda el logro más importante en relación a la visita anterior ha sido la ganancia de autonomía, pudiéndome liberar en varias situaciones de la eterna sombra de la china asistente.
En Ningbo la cantidad de taxis es inversamente proporcional a la cantidad de gente, y ya sea por el calor, o por el frio, o por la lluvia, o porque es hora pico, la tarea de tomarse un taxi mostrando las tarjetita del hotel a veces se convierte en una odisea imposible.
Por eso, el hecho de poder estar tiempos más largos en cada ciudad, me permitió hacer unas cuantas exploraciones por mi cuenta (en muchas de las cuales terminé perdida y apelando una vez a mas al celular) pero pudiendo finalmente encontrar las rutas que me llevaban tras un buen rato de caminata de vuelta al hotel.
También aprendí a tomarme algunos ómnibus para trayectos sencillos, y encontré una página en internet donde poder consultar los horarios de trenes.
O sea que munida de un papelito con la ciudad de origen y destino, nro y horario de tren y fecha de viaje, casi siempre (porque siempre hay algún chino que no entiende ni siquiera esta escueta información) logré comprar los pasajes y llegar a destino.
Y en las compras también pude desenvolverme relativamente bien, con calculadora en mano y un despliegue escénico digno de Marcel Marceaux logré comprar desde zapatos hasta un ebook o un lente nuevo para la cámara, con su consecuente regateo por supesto.
Solamente para comprar salsa de ostras en el súper tuve que apelar a la colaboración de una señora muy amable, que dejó su carrito y accedió ponerse al teléfono con la china bilingüe, y entre las 3 y después de un buen rato logre comprar mi ansiada botellita (que luego me sacaron en la aduana porque sin darme cuenta la dejé en el carry on de mano, constityendose en uno de los episodios mas tristes del viaje)
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mArgariTa
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