Llegué a Ningbo a encontrarme con Antonieta, una compañera que estaba terminando su mes y medio acá y con la cual compartí mis primeros y sus últimos 10 días… con todas las delicias y los tormentos de la convivencia, acentuado por el régimen 24/7.
Anto se volvió hace unos días, y yo me quedé en Wenzhou, (con todas las delicias y los tormentos de la soledad) donde me armé una pequeña rutina que me permite sobrevivir a esta incomprensible China.
Me levanto a las 7.30hs con un suculento desayuno que siempre incluye yogur, cereales, frutas, huevos revueltos, ensalada y algún pan al vapor chinesco, el cual me permite tirar casi todo el día pudiendo esquivar los almuerzos de gelatinosos caracoles y tofu hediondo a los que me invita sistemáticamente el proveedor de turno (aunque claro, de vez en cuando alguno me ligo)
A eso de las 9 salimos para la fábrica, con un viaje de nunca menos de 2 horas para llegar al cuchitril de turno. Pero como prometí, esto amerita un post aparte.
Por suerte esta temporada hay muchas fábricas pero pocas ordenes en cada una y están tan lejos una de otra que no se puede visitar dos fábricas en un día, por eso estoy de vuelta en el hotel entre las 3 y 4 de la tarde, donde llego a pasar los informes y reportes de lo visto, mientras pasa la hora más brava de calor.
A eso de las 5 o 6 salgo a caminar, a buscar algo para el almuerzo-cena siempre alternando entre -Mc Donalds y Pizza Hut, y siempre abocada a la difícil tarea de encontrar algún otro menú sustituto que no contenga cartílagos de ninguna índole. Y paseo por el parque, por mercados sucios o pichincheo baratijas de plástico (definitivamente lo que mejor sabe hacer China)
Vuelvo al hotel dulce hotel para sentarme en la computadora y hablar con la oficna de los quilombos acaecidos en el día y los que están por venir, mientras esucho musiqueta y me tomo una Tsingtao, cervecita china livianita, pero lo mejorcito de por acá.
Leo un rato, miro alguna peli… y palmo, para arrancar otro día en China.
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